CabraEstraperlo y Libertad: Producción Local como Acto de ResistenciaCabra

ESTRAPERLO Y LIBERTAD

¿Estraperlo...? Eso suena a algo malo, ¿verdad?... Pues os contaré:

En la posguerra, con mercados controlados y con las cartillas de racionamiento, el queso, el azúcar, la harina, y muchas más cosas viajaban escondidos en alforjas, bajo la ropa, de noche o por caminos intransitables. Eran transportados por muchas mujeres, viudas, madres de muchas bocas y hombres, padres, que a pesar de trabajar de sol a sol, no podían alimentar a sus hijos ni a ellos mismos...

La ley decía que era delito, pero yo os digo que delito es ver pasar hambre a tu vecino y no hacer nada.

El estraperlo no era delito, era dignidad. Era la red que tejían nuestros abuelos cuando desde arriba solo llegaba hambre y prohibición. Era el trueque silencioso de la gente que no se resignaba. Era vida.

Aquellos hombres y mujeres no querían delinquir; querían vivir. Querían que el fruto de su esfuerzo, de su huerta, de su granja, alimentara a su familia y a sus vecinos. Era supervivencia, ingenio y, sobre todo, libertad.

La libertad, amigos, no es un gran discurso ni una bandera ondeando al viento. La libertad es algo más íntimo, más sencillo: poder compartir lo que se tiene, decidir qué se come, cómo se vive, a quién se ama.

Pero no conviene olvidar que no todo el estraperlo fue igual. Hubo quienes, con contactos y privilegios, movían toneladas, sobornaban y se enriquecían a lo grande, sin miedo a castigo. Y, mientras tanto, los pequeños ---los que escondían un queso, un puñado de harina, un pan--- eran los que sufrían las condenas más duras.

La historia castigó a los débiles y perdonó a los poderosos. Pero fueron esos pequeños estraperlistas, y no los grandes, quienes mantuvieron vivo al pueblo. Los que compartieron dignidad en tiempos de miseria.

Hoy, por supuesto, no hay aquella escasez. Pero sí existe una escasez de canales, de caminos sencillos para que los pequeños productores, lo artesano, lo de aquí, pueda fluir con naturalidad.

El estraperlo está vivo, es un estraperlo moderno. Hoy, es la abuela que planta papas en su huerta y las vende en el mercado sin papeles, y el vecino que me trae huevos, y mi amigo que cuida sus maravillosos tomates, y Ana, que cree que todo esto es posible y no se cansa de danzar por los bancales y las acequias, casi siempre con una sonrisa, y mis vecinos que creyeron en mi cuando no tenía nada más que los bolsillos llenos de ilusión.

Esto que tengo aquí no es solo un queso. Esto es un acto de resistencia. Es leche cuajada con paciencia, es sal de nuestra tierra, es tiempo transformado en alimento. Este territorio, mi fortaleza y este puesto, mi trinchera. Es un tributo a todos aquellos que, antes que yo, entendieron que alimentar a su comunidad con lo que uno cría es el acto más honesto que existe.

Y os digo una cosa: mejor comprarle al que suda en la huerta, que al que firma cheques en un despacho.

Aquí no hay código de barras ni etiqueta con letra pequeña. Aquí hay leche recién ordeñada, tomates que huelen a verano, miel que sabe a primavera y vino que se abre entre amigos. Yo te doy mi esfuerzo y tu me das tu sonrisa y mi sustento. No hay intermediario más grande que nuestra confianza.

No vendemos un producto, compartimos un pedazo de este territorio, de tiempo, de oficios que son herencia. Es algo tan simple pero tan profundo que no cabe en este mundo de papeles, numeros y normas. Nuestro mundo es otro: el olor a tierra regada a manta, el frío de la mañana, el peso de las cántaras de leche. Nuestra legislatura son las estaciones y nuestras normas, el sol y la lluvia.

Hoy nos ponen delante un muro, un laberinto de papeles. No una prohibición clara, sino un silencio que ahoga lo pequeño, lo local, lo que no entra en su máquina de moler y empaquetar.

Nosotros no somos delincuentes. Somos los que creemos que el primer permiso lo da la tierra, y el segundo, la conciencia tranquila de hacer las cosas bien.

Cada vez que compran directamente al productor, cada vez que eligen lo nuestro sobre lo anónimo y empaquetado, no solo se llevan un alimento. Se llevan un pedazo de nuestra libertad y siembran la suya propia. Le dicen al sistema que hay otra manera.

Así que aquí estoy, vendiendo lo mío, lo de mi tierra, con orgullo y con la cabeza bien alta. Practicando el estraperlo moderno: el acto hermoso y rebelde de alimentar a mi comunidad.

¡Prueben! Que cada bocado sea memoria y futuro, sabor a libertad. ¡Buen ganado y buena cosecha!

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