CabraMi Primera Vez – Un Comienzo ApasionadoCabra

Mi primera vez

Aquella noche no pude dormir, tenía una cita. Contrario a mi costumbre de llegar siempre con retraso, estaba preparado mucho antes de la hora. Ducha caliente, ropa limpia, impoluta. Ojos despiertos. Algo me decía que todo iba a salir bien, aun así, estaba nervioso, me habían contado demasiadas cosas…

Llegué a recogerla a la hora indicada, ni un minuto más, ni un minuto menos. Ahí estaba con su piel blanca y sedosa. Quieta. Temblorosa. Esperándome. El olor a campo y yerba húmeda impregnaba todo. Podía sentir su calor en la distancia. Mis manos sudorosas a pesar del frío de la media mañana. La llevé en mi coche. Apagué la radio, solo se escuchaba mi respiración agitada. No hablé nada. Ella tampoco. Mil pensamientos recorrieron mi mente. Cinco minutos. Interminables.

Abrí la puerta despacio, ceremonialmente. El calor de la lumbre nos acompañó en la entrada. Lo había dejado todo preparado el día anterior. Todo tenía que estar perfecto y en su sitio. Nada podía fallar. Ese deseo llevaba tanto tiempo en mí que me aturdía.

La acomodé. El frío nervioso me atravesaba. Encendí la estufa. Treinta grados serían suficientes para comenzar. Tal vez demasiado, tal vez demasiado poco. Esperé pacientemente. Intuía su calor tibio. Mi boca seca apenas se movía. Un poco de agua para mí, algo para ella también. Sabía que tenía que esperar al momento justo. Si me adelantaba todo se estropearía. Había leído mucho sobre ese momento. Nada se acercaba a lo que yo sentía. Cerré los ojos y me dejé llevar.

Me acerqué despacio, desde el respeto a lo que se ama. Sentí su piel ahora firme y tibia. Desprendía un leve aroma animal, limpio. Me envolvía despertando en mí un instinto desconocido hasta ahora. Deslicé mis manos recorriéndola, acariciándola. Mantuve los ojos cerrados multiplicándola. Trozo a trozo se deshacía. Suave, aterciopelada y húmeda. Pude sentir entre mis dedos su cambiante estampa. No podía dejar de mover mis manos. Jugueteaban empoderadas sabiendo que hacían lo correcto. No había prisa, solo calma y alma.

A mi mente se acercaron unos versos de Angel González:

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca)

Entre mis dedos, temblorosa. Mi boca. Su sabor dulce y cálido atravesó todo mi ser estremeciéndome. Algo dentro de mí cambió para siempre. Ella también. Brotó de mí una pasión incontinente. De ella, aromas y sabores que adormecen los demás sentidos.

Nos dimos forma, pusimos sal a la vida, florecimos libres. Desde entonces no concibo la vida sin ella. Así, como acabo de contar, fue la primera vez que hice queso. Esos miedos, ese deseo, esa pasión, aún hoy se mantienen. Espero que por mucho tiempo.

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